Tenemos una vida perfecta. Subimos a Facebook imágenes de nuestra comida con estupendos boles de madera (aunque luego nos la comemos fría porque hemos tardado 20 minutos). Publicamos fotos en Instagram de nuestros pies perfectamente colocados en la playa (“piestureo”) o la portada del libro que estamos leyendo junto a los hasthags #readingtime #iloveit  #sunnyday. He de reconocer que yo también postureo.

Según Wikipedia, el término postureo “es un neologismo acuñado recientemente y usado especialmente en el contexto de la redes sociales y las nuevas tecnologías, para expresar formas de comportamiento y de pose, más por imagen o por las apariencias que por una verdadera motivación”. ¡Esto se ha hecho toda la vida! Todos tenemos una vecina que asiste los domingos a misa con su abrigo de piel cuando no es ni beata ni llega a fin de mes. Siempre nos ha gustado lucirnos, pero el eco ahora es muchísimo mayor gracias (o no) a las redes sociales, que nos permiten mostrarnos ante mucho más público. Y donde hay sociedad, hay imitación.

Subir a las redes un gran número de selfies denota que somos narcisistas e inseguros

Queremos mostrar a todos que somos felices, que viajamos, que somos cultos y hacemos ejercicio. Existe un factor físico que nos empuja a ello. La Universidad de Harvard afirma que, al compartir información, el cerebro activa recompensas neuroquímicas y que su efecto es mayor cuando dicha información está relacionada con nuestros intereses.

En cuanto a las causas sociales y psicológicas, estamos sumergidos en una lucha de egos, en una competición por ser el más cool. Exhibimos solo lo que queremos mostrar de modo que creamos una identidad, una identidad que exponemos públicamente en busca de feedback (aprobación en forma de “Me gustas” y comentarios). Según una investigación de la Universidad de Michigan, aunque nos sentimos más conectados,  no nos sentimos más felices.  El estudio analizó la influencia de Facebook en un grupo de 82 adultos que, cuanto más usaban la red social, peor se sentían después: más preocupados, solitarios, etc.

Aparentar llega a la cúspide con las redes sociales. Como los selfies. Antes se llamaban auto-fotos y solo se hacían en caso extremo, cuando no había nadie que te pudiera fotografiar. Ahora, se hacen con la ayuda de un palo, cuya utilización ya se ha prohibido en Disney, el Palacio de Versalles, el Museo Thyssen, el MoMa de Nueva York, entre otros, porque debía de causar más de un accidente. A los visitantes les interesaba más mostrar al mundo que estaban allí que en disfrutar las obras de arte que tenían en frente.

Subir a las redes un gran número de selfies denota que somos narcisistas (interesados en la satisfacción de nuestra vanidad, y con gran admiración por nuestros propios atributos físicos e intelectuales) e inseguros. Así por ejemplo, si nos cuesta aceptar nuestro cuerpo, subiremos más selfies haciendo deporte para justificar al mundo que hacemos lo que podemos para mejorarlo. Un estudio realizado por la Universidad de Ohio reveló además que las personas que más publican su propia imagen “son más propensos a mostrar signos de psicopatía”.

Siempre nos ha gustado lucirnos, pero el eco ahora es muchísimo mayor

¿Publicamos lo que somos o somos lo que publicamos? Creo que corremos el enorme peligro de auto-engañarnos. Debemos fidelidad a lo que hemos publicado, no podemos reconocer públicamente que no pasamos del primer capítulo de aquel libro que hemos compartido en Instagram.  Si te has vendido así,  apechuga. Ahora tendrás que actuar siempre, incluso estando solo.

Las redes sociales están cambiando las reglas de la comunicación interpersonal. El mensaje ya no se intercambia de forma bidireccional, sino que se lanza a un público que, en muchos casos, desconocemos y del que no obtenemos respuesta. Debemos reflexionar sobre las consecuencias personales y profesionales de este cambio de comportamiento. Tanto en nuestras relaciones como en nuestra forma de entender la vida. Recordemos que, según diferentes estudios, el uso excesivo de redes sociales puede dar lugar a problemas psicológicos como adicción, déficit de atención e hiperactividad y diferentes trastornos de la personalidad. Puede dar lugar además a una pérdida de perspectiva sobre lo que es real y que no, las llamadas “interferencias distorsionadas” respecto a uno mismo. Se trata de trastornos y terapias que todavía no han sido analizados en profundidad. ¿Creéis que con los años aprenderemos a prevenirlos y curarlos?.

Andrea Rodríguez

Sobre Andrea Rodríguez

Andrea Rodríguez es Dodo en nuestro particular País de las Maravillas. Estudiante de Comunicación Audiovisual, a Andrea le gusta organizar Carreras Locas en los días de invierno. Todos hemos ganado, y todos tenemos que recibir un premio... En verano prefiere escuchar jingels de anuncios junto a un pato un loro y un aguilucho.

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *